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“Tengo que daros una noticia”.
Cristóbal Colón, fundador de La Fageda, y, al fondo, Javier M. Cavanna, director de la Fundación Haz.
Esa preocupación por la muerte no era casual. A Cristóbal le influyó mucho la lectura de El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl. De ese libro sacó la convicción de que cualquier vida tiene un sentido, y que nuestra principal tarea en este mundo no es otra que encontrarlo.
Para él, ese propósito estaba muy ligado al legado. Entendía que, si importante era crear algo, conseguir que ese algo perviva lo era mucho más. Pude comprobar esta preocupación personalmente en nuestro primer encuentro. Recibí un correo de Albert Riera en 2010. Albert, entonces director de comunicación de La Fageda, me escribió para presentarse y preguntarme si tenía inconveniente en reunirme con Cristóbal en Madrid, pues estaba interesado en compartir algunas inquietudes sobre el gobierno de la entidad.
Le contesté que por supuesto, y cerramos una fecha para vernos en nuestras oficinas. Cristóbal tomó el AVE temprano desde Girona y a las 10:45 de la mañana ya estaba allí acompañado de Albert. Hablamos durante cerca de dos horas sobre el futuro de La Fageda. Trabajador incansable, tenía el billete de vuelta para antes de comer.
En aquella conversación, tan breve como intensa, me planteó distintas cuestiones sobre el gobierno de las fundaciones. Se había leído —más bien, estudiado— las guías sobre gobierno que publicaba nuestra fundación, y estaba considerando seriamente que La Fageda, hasta entonces una cooperativa, se transformara en fundación. Le preocupaba qué pasaría cuando él ya no estuviese, y buscaba la configuración jurídica más adecuada para blindar la misión y los principios del proyecto.
Y no era una preocupación menor. Lo que ha conseguido La Fageda es algo excepcional, porque combina dos cosas que rara vez van de la mano: dar empleo a las personas con discapacidad de la Garrotxa (dándoles esa oportunidad de encontrar su propio sentido, como diría Frankl) y, a la vez, competir de tú a tú en el sector lácteo con gigantes como Danone y Nestlé. En la inmensa mayoría de los casos una de las dos cede: o el impacto social se sacrifica en nombre de la rentabilidad, o la rentabilidad languidece en nombre de la misión. Que ninguna de las dos cediera dependía, en buena parte, de que la estructura de gobierno lo protegiera cuando él ya no estuviera.
Como buen aragonés, Cristóbal era directo: “Si La Fageda ha sobrevivido es porque allí se ha hecho lo que yo he dicho; aunque sea una cooperativa, nunca se ha gobernado asambleariamente. Pero yo no estaré siempre, y tengo que empezar a pensar cómo blindar los principios que la inspiran y dotarla de una estructura de gobierno eficaz”.
Esa misma franqueza la aplicaba al negocio. Cristóbal tuvo la intuición de no apoyar la venta de sus yogures en la discapacidad de quienes los producían. Su argumento de venta no era “compre estos yogures para ayudar a personas con discapacidad”, sino simplemente “compre estos yogures porque son los mejores del mundo”. No quería que el consumidor comprara por compasión, sino por calidad. Así, la discapacidad dejaba de ser una etiqueta: quienes trabajaban en La Fageda eran, sencillamente, quienes hacían el mejor yogur.
Su legado no es un yogur, ni una cifra de ventas. Es un modelo pensado desde su origen para sobrevivir a sus fundadores.
Esa intuición no nació sola. Cristóbal había sido alumno de José Antonio Segarra en el IESE y, años después, ya al frente del proyecto, le pidió que le ayudase como profesor y consultor a poner en orden sus ideas. Segarra le dio el marco conceptual; Cristóbal puso la intuición y la terquedad para llevarlo hasta el final. De ese encuentro entre el alumno convertido en empresario y el profesor que lo acompañó, nacieron muchas de las decisiones que hoy explican el modelo de La Fageda.
Yo ya conocía a José Antonio de antes. Con el tiempo, se convirtió también en consejero de La Fageda, ayudando a Cristóbal desde el día a día de la empresa, y más adelante entró como patrono en nuestra propia fundación. Fue así como Cristóbal, José Antonio y yo terminamos coincidiendo en dos proyectos muy diferentes, aunque a los tres nos unía la preocupación por la transparencia y el buen gobierno.
José Antonio nos dejó hace unos años. Estoy seguro de que ya se habrán dado un gran abrazo y de que, desde arriba, ambos siguen velando para que La Fageda cumpla su propósito.
Cristóbal encontró su propia respuesta a esa incómoda pregunta con la que abría sus charlas. Su legado no es un yogur, ni una cifra de ventas, ni siquiera la fundación que diseñó para proteger su obra. Su legado es La Fageda entera: un lugar donde el empleo de personas con enfermedad mental severa y discapacidad intelectual y la competencia empresarial no se estorban, sino que se sostienen la una a la otra. Un lugar donde la calidad, y no la caridad, es lo que vende. Un modelo al que la intuición de un empresario y el rigor de un profesor dieron forma, pensado desde su origen para sobrevivir a sus fundadores.
Ese modelo continuará enfrentándose a sus propios desafíos, como cualquier proyecto vivo que mira al futuro. Pero lo hará sostenido sobre unos pilares sólidos, los mismos que Cristóbal se pasó años construyendo y blindando para que su sentido le trascendiera.
Descansa en paz, Cristóbal. Y gracias por tu legado

