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Prevenir no es alarmismo: la lección pendiente de Granada
Los seísmos han provocado daños en algunas infraestructuras de Granada como grietas, fisuras, desprendimientos y desconchones. Foto: Ayuntamiento de Granada.
Los terremotos que sacudieron Granada el 15 y el 18 de agosto no fueron, por fortuna, una tragedia mayor. Hubo heridos leves, daños materiales y desalojos preventivos —entre ellos, el de la Alhambra—, pero no víctimas mortales ni colapsos generalizados, y la ciudad pudo recuperar poco a poco la normalidad. Pero sería un error interpretar ese desenlace como una prueba de que estamos suficientemente preparados. Más bien al contrario: Granada nos ha ofrecido una advertencia clara, medible y difícil de ignorar.
Los seísmos, de magnitud moderada, produjeron sin embargo una sacudida muy intensa en algunos puntos del área metropolitana. La explicación es sencilla: no importa solo cuánta energía libera un terremoto, sino dónde y cómo la libera. Cuando ocurre cerca de la superficie, como en este caso, sus efectos pueden sentirse con una violencia desproporcionada. Y si además el terreno está formado por sedimentos blandos, como sucede en la Vega de Granada, el movimiento puede amplificarse.
Por eso este episodio no debe verse como un simple susto local, sino como una prueba real de resistencia urbana. Y la conclusión es incómoda: los edificios más recientes han respondido razonablemente bien, mientras que los más antiguos han vuelto a mostrar su vulnerabilidad. La diferencia entre una noche de miedo y una catástrofe se llama ingeniería, normativa, mantenimiento y prevención.
España ha avanzado mucho en seguridad estructural, pero no lo suficiente. El recuerdo de Albolote en 1956 y, sobre todo, de Lorca en 2011 demuestra que un terremoto moderado puede causar víctimas cuando se combina con poca profundidad, fragilidad constructiva y desprendimiento de fachadas, cornisas o cerramientos. Lorca nos enseñó algo durísimo: un edificio puede no caerse y, aun así, matar. Granada nos lo ha vuelto a recordar, esta vez sin muertos. No deberíamos necesitar una tercera lección.
La actual normativa sísmica española, la NCSE-02, pertenece a otra etapa. Fue útil, pero han pasado más de dos décadas desde su aprobación y la ingeniería europea ha evolucionado hacia criterios más exigentes, recogidos en el Eurocódigo 8. La cuestión no es técnica en sentido estrecho, ni mucho menos académica. Se trata de cómo diseñar edificios capaces de deformarse sin colapsar, cómo proteger sus elementos críticos y cómo evitar que fachadas, tabiques, falsos techos o cornisas se conviertan en un peligro para quienes viven dentro o caminan por la calle.
La adopción plena del Eurocódigo 8 no puede seguir esperando. Nuestros ingenieros lo conocen, nuestras universidades lo enseñan y nuestras empresas lo aplican en proyectos internacionales. La anomalía es que dentro de España sigamos dependiendo de una norma que no incorpora con la misma intensidad los criterios modernos de ductilidad, jerarquía resistente y control de daños.
Adoptar el Eurocódigo 8, auditar los edificios vulnerables y reforzar las infraestructuras es una obligación cívica. La seguridad de una ciudad no se mide solo por cómo resiste el terremoto que acaba de sufrir, sino por cómo se prepara para el que no ha llegado.
Pero actualizar la norma no basta. La parte más vulnerable de nuestras ciudades ya está construida. Miles de viviendas levantadas antes de los estándares modernos siguen habitadas en zonas de riesgo sísmico. Algunas tienen muros de mampostería no reforzada; otras presentan plantas bajas diáfanas, destinadas a locales o aparcamientos, que pueden concentrar deformaciones peligrosas en caso de sacudida intensa. A ello se suman hospitales, colegios, parques de bomberos, redes de transporte y centros de telecomunicaciones cuya operatividad después de un terremoto resulta esencial.
Por eso Granada debería activar una respuesta nacional, no solo local. Necesitamos una auditoría seria del parque edificado en las zonas de mayor riesgo sísmico: un inventario técnico, ordenado y transparente que permita saber qué edificios son seguros, cuáles necesitan refuerzo y cuáles representan un riesgo evidente. Y, una vez identificado el problema, hay que financiar la solución con ayudas, incentivos fiscales y prioridad para los inmuebles más vulnerables y las infraestructuras críticas.
Conviene decirlo sin alarmismo, pero también sin anestesia: Granada, Lorca y buena parte del sureste peninsular no están fuera del mapa sísmico. No sabemos cuándo llegará el próximo terremoto importante, ni con qué intensidad, pero sí sabemos lo suficiente para actuar. La prevención no puede depender del miedo de la semana posterior al temblor.
Granada nos ha dado una oportunidad poco frecuente: una advertencia severa sin una tragedia asociada. Sería irresponsable desaprovecharla. Adoptar el Eurocódigo 8, auditar los edificios vulnerables y reforzar las infraestructuras críticas no es una obsesión técnica; es una obligación cívica. Porque la seguridad de una ciudad no se mide solo por cómo resiste el terremoto que acaba de sufrir, sino por cómo se prepara para el que todavía no ha llegado.

