Más allá del calor: el clima acumula energía y amplifica los extremos

El sistema climático global no solo se calienta: acumula energía a un ritmo sostenido. Ese desequilibrio se reparte entre océanos, hielo, continentes y atmósfera, y ayuda a explicar señales conectadas entre sí, como el calentamiento oceánico, la subida del nivel del mar, la pérdida de hielo y la intensificación de algunos fenómenos extremos.
<p>Temperaturas extremas en tierra y mar en la región mediterránea, según datos del Servicio Marino de Copernicus. Imagen: Agencia Espacial EuropeaESA. <p>

Temperaturas extremas en tierra y mar en la región mediterránea, según datos del Servicio Marino de Copernicus. Imagen: Agencia Espacial Europea/ESA.

La Organización Meteorológica Mundial (OMM) consolida una idea clara sobre la evolución reciente del clima global en su nueva edición del informe State of the Global Climate. Los datos de 2025, que volvieron a situarse entre los años más cálidos jamás registrados, no describen solo un ejercicio concreto, sino una tendencia persistente: CO2 en máximos, océanos acumulando más calor que nunca y un sistema climático cada vez más alterado. La cuestión no está solo en la temperatura media, sino en la forma en que ese exceso de energía se reparte ya por todo el sistema climático.

Establecer una comparación respecto a 2024 sirve, pero se queda corto. La temperatura media global quedó 1,43 °C por encima del promedio de 1850–1900, lo que sitúa al año en el segundo o tercer puesto del registro observacional, según la serie utilizada. Más importante aún es la secuencia completa. Los años transcurridos entre 2015 y 2025 son los once más cálidos desde que existen registros globales.

Esa progresión da la medida real del momento. La cuestión ya no pasa por saber si un año concreto rebasa por unas décimas al anterior, sino por el hecho de que las temperaturas excepcionalmente altas se repiten sin interrupción. 2024 sigue siendo el año más cálido de la serie, con 1,55 °C sobre el nivel preindustrial, pero la secuencia reciente pesa más que la distancia entre ambos años.

Una de las claves para entender esto mejor está en el nuevo indicador incorporado en esta edición del informe: el desequilibrio energético de la Tierra. La diferencia entre la energía que entra y la que sale del planeta ayuda a explicar por qué el sistema climático sigue acumulando calor aunque un año concreto no bata todos los récords del anterior.

Visto así, varios datos que a menudo se leen por separado empiezan a encajar entre sí. El calentamiento del océano, la pérdida de masa glaciar, la subida del nivel del mar o la reducción del hielo marino forman parte de un mismo proceso físico.

A eso se suman inundaciones, incendios, olas de calor y riesgos sanitarios que dejan el problema en un terreno bastante más concreto que el de una simple serie de temperaturas.


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La variabilidad anual no cambia la tendencia

Parte de la diferencia con 2024 se explica por el paso desde un episodio fuerte de El Niño al inicio de ese año hacia condiciones débiles de La Niña en 2025. La variabilidad natural sigue influyendo de un año a otro y ayuda a entender por qué un ejercicio puede quedar algo por encima o algo por debajo del anterior. Esta lectura vuelve a ser relevante en 2026, después de que la Organización Meteorológica Mundial haya señalado una creciente probabilidad de retorno de condiciones de El Niño a partir de mediados de año.

Ahora bien, esa oscilación se produce sobre una base térmica ya muy elevada. Incluso con ese cambio en las condiciones del Pacífico, enero de 2025 fue el enero más cálido observado.

Ese matiz importa porque permite leer mejor la diferencia entre una oscilación anual y una tendencia de fondo. El Niño y La Niña siguen modulando la temperatura global, pero ya no determinan por sí solos el sentido de la serie.

Hay además otro punto que conviene aclarar cuando se habla del umbral de 1,5 °C. Que 2024 superara ese nivel no significa por sí solo que se haya rebasado el objetivo térmico del Acuerdo de París, porque ese umbral se refiere a promedios de varias décadas y no a un único año. La aclaración importa porque ayuda a interpretar correctamente un dato muy serio sin forzar su significado.

El desequilibrio energético de la Tierra ayuda a explicar por qué el sistema climático sigue acumulando calor aunque un año concreto no bata todos los récords del anterior.

Esa cautela no rebaja en nada el alcance de lo que muestran los datos. Más bien obliga a leerlos con más rigor. Lo relevante no es convertir cada cifra en un titular más grave que el anterior, sino entender que la acumulación de años excepcionalmente cálidos ya dibuja una señal muy sólida. La evolución reciente no apunta a una corrección ni a una pausa, sino a una continuidad sostenida en niveles muy altos de temperatura global.

A esa señal se suma lo que ocurre con los gases de efecto invernadero. La concentración media anual de CO2 alcanzó en 2024 las 423,9 partes por millón, 3,5 más que en 2023 y el equivalente al 152% del nivel preindustrial. También metano y óxido nitroso marcaron máximos observados, y los datos en tiempo real muestran que los tres siguieron aumentando en 2025.

El océano absorbe casi todo y el resto del sistema responde

Una de las conclusiones más útiles del año 2025 aparece cuando se deja de mirar solo la temperatura del aire y se sigue el rastro del exceso de energía dentro del sistema climático. Alrededor del 91% de esa energía adicional termina en el océano. Solo una parte mucho menor calienta la atmósfera, los continentes y el hielo. Ese reparto ayuda a entender por qué el mar ocupa un lugar tan central cuando se habla de cambio climático.

Esa acumulación volvió a marcar un récord en 2025 en los primeros 2.000 metros de profundidad del océano. Tampoco se trata de un pico aislado, ya que cada uno de los últimos nueve años ha superado al anterior en este indicador, y la tasa de calentamiento del océano durante las dos últimas décadas ha sido más del doble de la observada entre 1960 y 2005.

Alrededor del 91% del exceso de energía termina en el océano y ayuda a entender por qué el mar ocupa un lugar tan central cuando se habla de cambio climático.

El efecto de ese calor acumulado se aprecia con bastante claridad en el nivel del mar. A finales de 2025, el nivel medio global estaba aproximadamente once centímetros por encima del de enero de 1993, cuando arranca la serie satelital utilizada para este indicador. También se ha acelerado la velocidad de la subida. Entre 1993 y 2011, el ascenso medio fue de 2,65 milímetros al año. Entre 2012 y 2025, pasó a 4,75 milímetros. No es un movimiento espectacular a simple vista, pero sí una señal persistente que va estrechando márgenes en zonas costeras e infraestructuras expuestas.

El comportamiento del hielo encaja con la misma evolución. En el conjunto de glaciares de referencia con mediciones prolongadas, ocho de los diez peores balances anuales de masa desde 1950 se han registrado a partir de 2016. En el Ártico, el máximo anual de hielo marino de 2025 fue el más bajo o el segundo más bajo del registro, según la base de datos utilizada, y la Antártida acumula en los últimos años extensiones mínimas especialmente bajas.

Hay además un elemento menos visible, pero igual de importante. Durante la última década, el océano absorbió alrededor del 29% de las emisiones antropogénicas de CO2. Ese papel amortigua una parte del calentamiento, pero modifica la química del agua y reduce su pH. La absorción de carbono desplaza parcialmente el problema al medio marino y añade otra presión sobre ecosistemas que ya están sometidos al aumento de temperatura.

Las consecuencias: incendios, inundaciones y salud

Cuando se baja de los grandes indicadores a lo ocurrido en 2025, el cambio climático deja de aparecer como una suma de curvas y promedios, y entran en escena lugares concretos, cifras de daños y una exposición cada vez más visible de personas, territorios y sistemas productivos.

El calor extremo fue una de las expresiones más claras del año en el sur de Europa y en el entorno mediterráneo. Portugal alcanzó 46,6 °C, España llegó a 46,0 °C en junio y Turquía registró 50,5 °C en julio. Son registros que hablan de mucho más que un verano particularmente duro.

Esa presión térmica se deja notar en varios frentes a la vez, como el empeoramiento de la salud y el aumento de la presión sobre los sistemas de agua y el riesgo de incendios. También golpea actividades especialmente expuestas al exterior, desde la agricultura hasta la construcción. No siempre es fácil atribuir una consecuencia concreta a un único episodio de calor, pero sí se entiende mejor el deterioro acumulado cuando se encadenan máximas tan altas en un mismo año.

Portugal, España y Turquía registraron temperaturas extremas el pasado verano, reflejando una presión térmica creciente que agrava riesgos para la salud, el agua, los incendios y actividades al aire libre como la agricultura y la construcción.

Las inundaciones muestran otra cara del mismo balance anual. En Texas, las lluvias de los días 4 y 5 de julio dejaron al menos 135 muertos. En Pakistán, las inundaciones monzónicas causaron más de 1.000 muertes y afectaron a 1,57 millones de personas en Khyber Pakhtunkhwa, con más de 40.000 desplazadas. Son episodios distintos, con causas inmediatas distintas, pero juntos dibujan un mapa de impactos severos que se repite con demasiada frecuencia en regiones muy diferentes.

Los incendios completan esa imagen. En California, los de enero provocaron más de 30 muertes, destruyeron más de 16.000 estructuras y generaron pérdidas económicas superiores a 60.000 millones de dólares. En España, al cierre del año habían ardido más de 390.000 hectáreas, cinco veces la media del periodo 2006–2024. Los datos no describen una realidad idéntica en todos los territorios, pero sí apuntan a algo común. La exposición crece y el daño potencial también.

La salud aparece como otro frente cada vez más claro. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que alrededor de la mitad de la población mundial vive en zonas con riesgo de dengue y que cada año se producen entre 100 y 400 millones de infecciones.

Los casos notificados están en su nivel más alto registrado. A eso se suma la exposición al calor en el trabajo. Más de un tercio de la fuerza laboral mundial, unos 1.200 millones de personas, afronta ese riesgo cada año, sobre todo en sectores como la agricultura y la construcción. Ahí el calentamiento deja de ser una cuestión abstracta y entra de lleno en las condiciones de vida y de trabajo.

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