Socueto Santuario: rescatar animales y devolver vida al mundo rural

En un bosque asturiano, Sole Martínez y Rudi Schmid han convertido una finca en ruinas en Socueto Santuario, un proyecto que une rescate animal, recuperación de patrimonio rural y actividades de bienestar. Lo que empezó como un asilo para caballos mayores se ha transformado en un modelo de emprendimiento social en plena naturaleza.
26 junio 2026
<p>Foto: Socueto Santuario.<p>

Foto: Socueto Santuario.

En medio de un bosque del oriente asturiano, en una finca de 13 hectáreas en Abándames, Peñamellera Baja, late hoy un proyecto que podría redefinir lo que significa emprender en el medio rural. Socueto Santuario es la apuesta vital de Sole Martínez y Rudi Schmid, ella española y él alemán, una pareja que dejó atrás Cercedilla (Madrid) en busca de “más tranquilidad y más espacio” para poner en marcha una idea que llevaban tiempo madurando: un asilo geriátrico para caballos mayores, esos animales que, cuando su familia humana fallece o ya no puede hacerse cargo, suelen acabar en el matadero al no existir un servicio público que los acoja.

Casi dos décadas después, aquel sueño se ha transformado en un ecosistema de impacto social que articula tres dimensiones difíciles de encontrar juntas: rescate animal, recuperación del patrimonio rural y propuestas de bienestar en plena naturaleza.

Un refugio para los animales “invisibles”

El santuario cuida actualmente de 13 équidos —entre caballos, ponis y burros—, además de vacas mayores, perros y gatos. La mayoría son rescates de última hora. “Están aquí porque, si no, se iban al matadero. A veces se ha muerto el dueño y la familia no quiere hacerse cargo. No hay servicio por parte de ningún organismo oficial. Me llegan de todas partes, muchos de Madrid”, explica Sole.

La innovación social del proyecto radica precisamente en poner el foco sobre animales que quedan fuera de los circuitos habituales de adopción por su edad avanzada o por sus necesidades veterinarias. Son esos “invisibles”: aquellos a los que casi nadie quiere y para los que el sistema no ha previsto una salida digna.

Durante años, Sole y Rudi financiaron el proyecto íntegramente con recursos propios —solo cuatro de los trece équidos cuentan con dueños que asumen sus gastos— y rehabilitaron las edificaciones con sus propias manos, incluida una cuadra que estaba con el techo derruido. La pandemia marcó un punto de inflexión: la necesidad de buscar vías de financiación les llevó a abrir las puertas del santuario a grupos reducidos.

Así nació la pata de bienestar del proyecto: clases de yoga, talleres y estancias en un entorno donde la experiencia se completa con el contacto directo con los animales rescatados. “No es lo mismo que un gimnasio. Hace más redonda la experiencia porque ayudas a alguien. La clave es el entorno y hacerlo en este ambiente especial que se genera, donde hay comunión con la naturaleza”, resume Sole Martínez.

El modelo económico se ha ido construyendo de forma progresiva y combina actividades de bienestar —como yoga, talleres, estancias breves o cesión del espacio a profesionales— con el trabajo artesanal de sus impulsores –Rudi hace y vende joyas de cristal– y la actividad de la asociación El Manantial de Socueto, creada para canalizar donaciones, apadrinamientos y voluntariado. A ello se suma una apuesta por la autosuficiencia ambiental, con energía solar, agua propia y huerta. “Intentamos que nuestra vida sea más coherente”, resume Sole.

Es un círculo virtuoso: algunos visitantes llegan por el yoga o la naturaleza y, tras conocer las historias de los animales, terminan apadrinando o colaborando con el santuario.

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Sole y Rudi han rehabilitado una casa centenaria que estaba prácticamente en ruinas.

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En Socueto se ofrecen clases de yoga y otras actividades de bienestar. La clave es el entorno y el ambiente especial que se genera, señala Sole.

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Los visitantes llegan por el yoga o la naturaleza y, tras conocer las historias de los animales, algunos terminan apadrinando.

Patrimonio rural recuperado

A la dimensión animal y de bienestar se suma una tercera, menos visible pero igualmente relevante: la recuperación del patrimonio rural. Las dos grandes edificaciones de la finca —una de ellas dedicada íntegramente a los animales— han sido rehabilitadas casi en su totalidad por la propia pareja, devolviendo la vida a una construcción centenaria que llevaba décadas abandonada en un entorno donde el despoblamiento y la ruina son frecuentes.

Más allá del cuidado cotidiano, Socueto Santuario tiene una vocación clara de transformación cultural. “La idea es concienciar a la gente por la naturaleza, los animales… Me gustaría difundir para que aumente esa sensibilidad, ese respeto. Conectar con esa conciencia de que uno es parte de la naturaleza y que hay que cuidarla”, afirma.

Si algo ha aprendido Sole Martínez en estos casi veinte años de proyecto es que el emprendimiento social rural no se construye solo desde la planificación, sino también desde la convicción. Por eso, cuando se le pregunta qué diría a otros emprendedores que sueñan con dar el salto, su respuesta es directa: “Que sigan a su corazón e instinto. Que no tengan miedo, porque el miedo te impide tomar decisiones. Hay que seguir lo que a uno le dicta el corazón y el cuerpo”. Es un mensaje que cobra especial sentido en un contexto en el que muchos proyectos de impacto social se ven frenados por la falta de financiación, la burocracia o el vértigo de instalarse en territorios despoblados.

En un contexto marcado por la despoblación rural, el abandono animal y la búsqueda de modelos de vida más sostenibles, Socueto Santuario muestra cómo un proyecto pequeño, nacido de una decisión personal, puede generar impacto en varias direcciones: ofrecer una segunda oportunidad a animales vulnerables, recuperar patrimonio rural y crear experiencias de bienestar que acercan a las personas a la naturaleza.

Su recorrido demuestra que el emprendimiento social también puede surgir lejos de los grandes centros urbanos, allí donde todavía queda mucho por cuidar.

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