La biblioteca de barrio que lleva 20 años construyendo convivencia en Cartagena

En una barriada obrera de Cartagena marcada por la diversidad cultural, una pequeña biblioteca comunitaria lleva dos décadas convirtiendo los libros en una herramienta de convivencia. La Botica del Libro demuestra que la integración también se construye desde lo cotidiano, con apoyo escolar, lecturas compartidas y creando comunidad entre los vecinos.
2 julio 2026
<p>La Botica desarrolla una labor que va más allá del préstamo de libros; se ha constituido como una herramienta de integración social y convivencia intercultural. Foto: Rocío Periago.<p>

La Botica desarrolla una labor que va más allá del préstamo de libros; se ha constituido como una herramienta de integración social y convivencia intercultural. Foto: Rocío Periago.

Desde la calle se oye el rumor de voces infantiles. En el bajo de un edificio de cuatro alturas de ladrillo visto se encuentra el local social de la Asociación de Vecinos del barrio Jose María Lapuerta, en Cartagena, la segunda ciudad en población de la Región de Murcia. Dentro, unos 30 niños y niñas de entre 6 y 16 años están en las clases de apoyo escolar que ofrece la Botica del Libro.

Al entrar, un tablón de corcho informa de algunas de las actividades que se hacen. Aparte de un cartel de la Botica hay otro que busca jugadoras de fútbol para el equipo del barrio o un folleto de talleres de arteterapia. A la izquierda, una puerta indica el espacio de la biblioteca, que es también la sala de reuniones. Además, hay una habitación con ordenadores y conexión a internet.  En un lateral del espacio principal, hay apiladas varias torres de sillas de plástico rojas, verdes y blancas. Al fondo una pizarra verde oscuro con tizas, mesas y sillas escolares. Allí los niños y niñas del barrio hacen deberes, preguntan dudas, leen en voz alta o meriendan. Todos, salvo una niña, hija de una trabajadora del centro, son extranjeros.

La Botica del Libro no funciona como una biblioteca convencional, aunque los libros estén en el centro. Sus promotores la definen como “un espacio que promueve la lectura como medicina para la tolerancia y la convivencia, porque los libros son para nosotros un instrumento para hacer comunidad”.

Su origen se remonta a 2006, cuando varias profesoras de educación para adultos, con el apoyo de los vecinos, pusieron en marcha esta iniciativa para intentar transformar la realidad social mediante los libros. Se encuentra en José María Lapuerta, una barriada construida en los años 60 por la entonces llamada Refinería de Petróleos —actual Repsol— para alojar a los obreros y sus familias de la cercana refinería de Escombreras. De ahí el barrio tomó el nombre del primer presidente de la compañía. Con el paso de los años, el perfil fue cambiando, acogiendo a muchas personas procedentes de otros países. También la apariencia del barrio ha ido evolucionando. Hoy en día, esta es la zona de expansión de la ciudad.

Actualmente la Botica —llamada desde 2022 Biblioteca Intercultural Luis García Montero— desarrolla una labor que va más allá del préstamo de libros. Se ha constituido como una herramienta de integración social y de mejora del entorno. Su respuesta no consiste en una única actividad, sino que combina apoyo escolar para niños y jóvenes, clases de español para adultos recién llegados, lecturas compartidas y participación vecinal y voluntaria. Ser un proyecto sostenido por voluntarios y vinculado al barrio no es un elemento accesorio: es la columna vertebral de su forma de trabajar.

En la actualidad, la población extranjera supone un 16% del total de la población de la Región de Murcia, muy vinculada al desarrollo de la agricultura y ganadería intensiva y el turismo. En municipios como Cartagena ronda el 30% siendo Marruecos la principal nacionalidad de origen con un 40%. De extranjeros no europeos, la siguiente nacionalidad con mayor representación es la colombiana. Es destacable el numeroso grupo de extranjeros procedentes de Reino Unido, aunque es un perfil más específico, generalmente jubilados residentes en el área de La Manga y el Mar Menor, una zona con muchas colonias de esta nacionalidad. También hay una presencia importante en el municipio de la comunidad ucraniana, sobre todo desde el inicio de la guerra con Rusia en 2022. En este contexto tan diverso, la integración social de las personas inmigrantes sigue siendo un aspecto clave en las políticas públicas y para la convivencia cotidiana de los barrios.

El barrio como aula

Desde septiembre hasta junio, de lunes a miércoles, el local social de la calle Garellano es un punto de encuentro. La clave no está solo en cada actividad que organiza la Botica por separado, sino en la continuidad: los niños vuelven cada tarde, las familias encuentran un punto de referencia, los centros educativos disponen de un recurso cercano al que derivar y el barrio incorpora poco a poco la diversidad a su vida cotidiana. Así llevan 20 años.

Unos 22 voluntarios, que van rotando en diferentes actividades, colaboran actualmente en el proyecto. “Aquí lo que nos une es el cuidado de las personas”, explica Isabel Gallego, presidenta de la Asociación Cultural y de Acción Social La Botica del Libro y una de sus fundadoras. Profesora de educación para adultos, tanto ella como sus compañeros desarrollan su labor voluntaria con el objetivo de “dispensar”, como si de una botica real se tratara, “dosis de esperanza” entre una población diversa y multicultural.

“Aquí lo que nos une es el cuidado de las personas. Nuestro objetivo es dispensar dosis de esperanza, como si de una botica real se tratara”, Isabel Gallego, una de las fundadoras.

La Botica del Libro se extiende más allá de las paredes del pequeño local social. Entre la carretera y el local hay un jardín asalvajado llamado el Bosque de los Relatos del Mundo. Fue creado por los propios vecinos en un antiguo solar abandonado y hoy funciona como lugar de paseo, sombra, lectura al aire libre, cine de verano o espacio para comidas compartidas. Patricia Andreu, presidenta de la Asociación de Vecinos y también voluntaria en la Botica, recuerda comidas con madres marroquíes preparando allí couscous. Un grupo de vecinos, los “guardianes del bosque”, se encarga de regarlo y cuidarlo cuando pueden. Como la propia Botica, el jardín funciona con pocos recursos, pero convierte un espacio residual en un lugar de encuentro y convivencia.

El presupuesto anual de la Botica ronda los 6.000 euros. Reciben apoyo económico del Ayuntamiento de Cartagena, que exige una cofinanciación de los proyectos para garantizar que sean viables. Recientemente Marnys, una empresa de la zona especializada en complementos alimenticios y productos naturales, les ha realizado una donación de 1.000 euros. Con esos fondos compran materiales, libros escolares y algunas lecturas seleccionadas para los menores. Todas las actividades son gratuitas para los usuarios.

La Botica comparte espacio con otras muchas actividades de la vida vecinal. “Para lo pequeñita que es la asociación y los pocos que somos, hacemos muchísimas cosas y se crea mucho vínculo”, cuenta Andreu, que insiste en que la Botica es un proyecto abierto a todos. Clases de taichi, reuniones de la Asociación de Vecinos, del club de lectura o preparación de las comparsas de Carnaval. En el local social siempre hay gente.


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Aprender el idioma, encontrar un lugar

Uno de los ámbitos donde la Botica se ha convertido en un recurso especialmente útil es el aprendizaje de español. El número de alumnos en educación compensatoria –pensada para garantizar el acceso, permanencia y éxito escolar del alumnado en situaciones de desventaja– en el curso 2025/26 ronda los 7.600 a nivel autonómico.

Pilar Villalba trabaja como adjunta en Jefatura de Estudios del IES Los Molinos, a diez minutos andando de la Botica. “Lo que funciona y nos resulta muy útil es el trabajo con los alumnos con desconocimiento del idioma. Muchos vienen sin tener ni idea de español”, explica. En el instituto cuentan con cuatro horas semanales de compensatoria para enseñar español como lengua vehicular a los alumnos que llegan sin nivel suficiente para incorporarse con normalidad al curso que les corresponde, pero esas horas son claramente insuficientes. Desde hace varios años derivan a esos chicos y chicas a la Botica como apoyo a su trabajo, y lo notan. “No creo que haya muchos más recursos disponibles para estos alumnos para poder aprender la lengua. Ahora mismo, en el barrio, el recurso con el que nosotros contamos es ese”, señala Villalba. Además, añade, que la Botica también sirve a las familias como punto de referencia: allí pueden recibir información, conocer a otros vecinos o asistir a clases para adultos.

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La biblioteca de barrio que lleva 20 años construyendo convivencia en Cartagena

La Botica es un punto de encuentro: los niños vuelven cada tarde, las familias encuentran un punto de referencia, los centros educativos disponen de un recurso cercano al que derivar. Lectura comunitaria con niños y voluntarias. Foto: Rocío Periago.

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Una niña que acude a la Botica del Libro busca un libro en las estanterías. Foto: Rocío Periago.

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Un grupo de niños muestra las manualidades que han realizado con motivo del Día del Libro 2026. Foto: Rocío Periago.

Esa función de apoyo lingüístico que ofrece la Botica no se limita a los menores. En una de las salas del local, Juan Manuel Paredes, militar jubilado y voluntario, enseña español básico a personas recién llegadas. Entre ellas está Yana, una mujer ucraniana que lleva poco tiempo en España y que apenas empieza a presentarse en castellano, junto a varios hermanos marroquíes que recién instalados en Cartagena. La escena resume una de las funciones menos visibles de la Botica: ofrecer un primer punto de anclaje a quienes llegan sin idioma, sin red y sin referencias en el barrio.

Leer para convivir

Esta tarde toca lectura colectiva. Sentados en círculo con varias voluntarias, los niños más mayores se van pasando el cuento, leyendo cada uno un trozo. Los pequeños escuchan atentos la historia de la jirafa que no sabía bailar. “¿Por qué los animales se ríen de ella? ¿Cómo creéis que se siente?”, les pregunta una voluntaria.

“El libro es una herramienta para la cohesión social, para la participación. El barrio ya se ha acostumbrado después de 20 años a que estos niños a esta hora estén aquí. Y ven a las madres entrar y salir. Creo que eso ya es muy importante para la cohesión social del barrio, la convivencia y la participación”, explica Isabel Gallego.

En otra sala está el espacio de la biblioteca propiamente, con estanterías llenas de libros y objetos: teteras marroquíes, máscaras africanas, juegos de mesa, placas con algunos de los reconocimientos recibidos y muchas manualidades. Los libros se entienden como ‘medicinas’: catalogados según el tratamiento que pretenden. Hay “Medicinas para el recuerdo” o “Píldoras para la convivencia”. También hay libros en árabe, ruso, inglés o francés, además de lecturas en castellano o diccionarios.

Como si de una farmacia se tratara, las estanterías juegan con esa idea de lectura sanadora. En un cartel se lee que los libros “deben mantenerse al alcance y vista de los niños” y que “no tienen fecha de caducidad”. No hay grandes novedades editoriales: cuando se compran libros nuevos, suelen ser a demanda y en función del presupuesto disponible.

En la Botica también se enseña español básico a adultos recién llegados, es decir, ofrece un primer punto de anclaje a quienes vienen sin idioma, sin red y sin referencias en el barrio.

“Compramos los libros que hacen falta a los niños para el colegio y para el instituto. Y lo que compramos con el fondo económico que nos dan es esto que llamamos lecturas sanadoras, que son libros que tienen una enseñanza”, explica Gallego. En el estante se leen algunos títulos: Fábulas populares bereberes del Medio Atlas, Cuentos de la Madre Tierra o el clásico infantil Siempre te querré.

La integración de cada tarde

Inas Bensalah tiene 10 años y cursa 5º de primaria. Cuenta que le encantan las historias de detectives y aventuras, y que gracias a venir a la Botica tiene muchas menos faltas de ortografía, aprende nuevas palabras y lee más rápido. “Leer me gusta porque está todo muy callado, me gusta quitarme todas las cosas de la mente, no estar estresada. Ir leyendo en voz alta. Es como si se lo leyera a una persona, pero no hay nadie”, explica. Quiere estudiar y ser profesora.

En materia educativa, el Informe de seguimiento del Marco estratégico de Ciudadanía e Inclusión contra el Racismo y la Xenofobia 2023- 2027 destaca que el abandono escolar temprano es significativamente mayor entre jóvenes extranjeros –un 31%– que entre españoles –un 11%–. El mismo informe subraya que, aunque los estudiantes inmigrantes se matriculan más en Formación Profesional básica, su presencia en grados medios, superiores y en la universidad es hasta un 12% inferior. Las causas son múltiples, pero los aspectos económicos y sociales tienen un peso importante. A veces el entorno familiar no ayuda. En otros casos, la falta de referentes hace que ni se lo planteen como una opción.

En la Botica, atienden a unos 100 menores y unos 40 o 50 adultos al año. Isabel Gallego recuerda a dos hermanas, hijas de una vecina marroquí, que pasaron por el proyecto y que hoy estudian en la universidad, ambas en carreras de ciencias. Para las voluntarias, estos casos no son una estadística, pero sí una señal de que el trabajo cotidiano —aprender el idioma, hacer los deberes, leer, sentirse acompañados— puede sostener itinerarios educativos que a menudo se vuelven más difíciles para los hijos de familias migrantes.

Lucía Hernández, trabajadora social experta en migraciones, ha desarrollado su actividad laboral en la administración local y regional en Cartagena y Murcia. Conoce el proyecto desde sus inicios porque cuando comenzó, ella era coordinadora de la unidad de inmigración a nivel local. “Cuando hablamos de integración, de convivencia, de coexistencia en los barrios, de todo eso que estudiamos en las universidades, al final te vas a una práctica como la Botica y dices: es que esto es la convivencia”, afirma. “Un vecino, un barrio, un acceso a un recurso, un dotar de recursos, un entender que somos diferentes pero que nos respetamos y que todos los colectivos de ese barrio estamos trabajando por una convivencia normal”.

La biblioteca de barrio que lleva 20 años construyendo convivencia en Cartagena

Los miembros del club de lectura se reúnen en el espacio de la Botica del Libro para ver el listado de próximos libros a leer. Foto: Rocío Periago.

Para Hernández, una de las claves del proyecto está precisamente en su escala, destacando la sencillez como característica. “El éxito está en unas aspiraciones no grandiosas, más bien de normalidad, de cercanía o de vecindario”, resume.

Lo pequeño también deja huella

El objetivo de la Botica es despertar la curiosidad por los libros y la cultura en las personas que pasan por el proyecto, pero también sembrar una relación más cercana con la educación y con el barrio. “Yo siempre digo que nosotros estamos preparando la tierra para un futuro. Y luego la lluvia y el sol ya traerán”, recalca Isabel Gallego.

Uno de los aspectos llamativos es cómo, con recursos muy limitados, el proyecto ha logrado acumular numerosos reconocimientos. Entre ellos destacan el Premio Nacional al Fomento de la Lectura en 2018 y su reconocimiento como Buena Práctica en el Área de Migraciones dentro del proyecto European Website on Integration en 2024, financiado por la Comisión Europea.

Más que un modelo cerrado o fácilmente replicable, la Botica ofrece algunos aprendizajes: trabajar desde un lugar conocido por los vecinos, sostener actividades durante años, adaptarse a las necesidades que van apareciendo y combinar cultura, apoyo educativo y vínculo comunitario. Su fortaleza no está en una gran estructura, sino en la constancia de una red pequeña que ha sabido permanecer.

La realidad de la Botica no está exenta de dificultades. La falta de recursos económicos es una limitación porque, aunque el proyecto está consolidado, la dependencia de subvenciones o ayudas externas es fundamental para su funcionamiento. La colaboración de empresas puede ser una oportunidad. Recientemente, Repsol, propietaria del local social, lo ha cedido al Ayuntamiento de Cartagena, que se ha comprometido a arreglarlo.

También hay factores externos que influyen negativamente. El auge de partidos con discursos xenófobos y antiinmigración ha polarizado el entorno: los enfrentamientos racistas del verano de 2025 en Torre Pacheco, una población apenas a 15 kilómetros de Cartagena, son un ejemplo reciente de ese clima.

Tejer una red que permita a una persona llegada de otro país integrarse en la sociedad de acogida es una tarea compleja, sobre todo cuando desconoce el idioma y las barreras culturales pesan. Dounia Ourraoui es marroquí y se encarga de llevar y recoger a su hijo Amir, de 8 años, de las clases de apoyo escolar de la Botica. Lleva siete años viviendo en España y todavía le cuesta el idioma, aunque explica que ha venido a alguna clase para adultos y que participa en muchas de las actividades que se organizan. En muchas familias, son los menores quienes acaban haciendo de traductores de sus padres, tanto en situaciones cotidianas como en gestiones más complejas. Por eso, espacios abiertos y cercanos como la Botica cumplen una función que va más allá de los libros.

El factor humano también pesa. “¡Tenemos una voluntaria de 83 años! La persona que puede ser voluntaria es porque tiene un trabajo que se lo permite. Yo no estoy haciendo una defensa del voluntariado ni mucho menos, porque tiene que haber profesionales de esto. Pero también te digo que este servicio, si no lo estuviéramos cubriendo nosotros, no lo cubriría nadie», advierte Isabel Gallego. El relevo generacional ya es una preocupación activa: la Botica ha empezado a implicar a jóvenes del proyecto, nombrando delegados entre ellos. “Yo creo que van a ser ellos mismos los que gestionen la Botica en el futuro”, apunta Gallego.

De momento, cuando los niños llenan el local de la calle Garellano por la tarde, la integración deja de ser una palabra abstracta. Se parece más a una mesa compartida, una lectura en voz alta, una madre que entra a preguntar algo, un voluntario que enseña las primeras palabras en español y un barrio que, poco a poco, aprende a reconocerse en quienes llegan.

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