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Termómetro en una calle de Bilbao e inundaciones en Gerona.
España en la encrucijada climática: más calor, más extremos y mayor vulnerabilidad
El inicio de 2026 ha vuelto a situar la crisis climática en el centro del debate en España con episodios de lluvias intensas que se suman a la sucesión de fenómenos extremos de los últimos dieciocho meses. No son hechos aislados, sino una tendencia que incluye noches tropicales, olas de calor prolongadas, grandes incendios y precipitaciones torrenciales cada vez más concentradas.
El verano de 2025 fue el tercero más cálido desde que existen registros instrumentales, con temperaturas excepcionalmente altas durante semanas. Según el programa Copernicus y el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas, la temperatura media global en 2025 se situó 1,47 °C por encima de los niveles preindustriales, consolidando el trienio 2023–2025 como uno de los más cálidos de la historia reciente.
Para entender qué hay detrás de estas cifras, es clave diferenciar entre los niveles absolutos y la rapidez del cambio. César Azorín, director e investigador principal del laboratorio Climatoc-Lab del CSIC, subraya que el factor más preocupante no es solo la concentración de CO₂ en la atmósfera —un gas que actúa como una manta térmica atrapando el calor—, que ha alcanzado valores registrados en otros periodos geológicos, sino la velocidad a la que se está produciendo su aumento. “Nunca antes en la historia del planeta se había inyectado CO₂ a la atmósfera a esta velocidad”, explica. Ese ritmo acelerado introduce una incertidumbre adicional, ya que el sistema climático no responde de forma lineal y favorece la aparición de fenómenos más violentos.
El incremento de las concentraciones de CO₂ conlleva un aumento de la temperatura global, tanto en la atmósfera como en los océanos, y desencadena cambios en la circulación atmosférica. Estos cambios no se traducen de manera uniforme en todas las regiones, pero sí alteran los patrones que determinan el tiempo que se vive a diario. En el caso de España, estas transformaciones globales tienen efectos especialmente relevantes por su posición geográfica y su clima de transición entre el Atlántico y el Mediterráneo.
España, además, parte de una posición especialmente vulnerable. Javier Martín-Vide, profesor emérito de la Universidad de Barcelona y director del Observatorio Fabra (RACAB), subraya que las olas de calor constituyen ya el riesgo meteorológico más grave al que se enfrenta el país en el contexto del cambio climático, y que su evolución en las últimas décadas es clara. Según explica, en el siglo XXI ha aumentado de forma notable su frecuencia, su intensidad y su duración respecto al último cuarto del siglo XX, hasta el punto de que “se ha duplicado con creces tanto la frecuencia como el número de días con ola de calor”. A ello se suma un cambio en el calendario: estos episodios aparecen cada vez antes, ya desde el mes de junio.
Para medir la vulnerabilidad y los efectos de estos fenómenos extremos, uno de los índices de referencia es el Global Climate Risk Index (CRI), elaborado por la ONG Germanwatch. En su edición más reciente, se recoge el impacto de los eventos naturales extremos hasta 2024, situando a España en el puesto veinte de los países más golpeados por este tipo de efectos. Aunque la mayor parte del análisis del índice se detiene en 2024, los datos y tendencias de 2025 refuerzan la idea de que el país se encuentra en una auténtica encrucijada climática.
Las olas de calor son ya el riesgo meteorológico más grave del país por el cambio climático, habiéndose “duplicado con creces tanto su frecuencia como el número de días”, según Javier Martín-Vide, del Observatorio Fabra.
Un país vulnerable, múltiples riesgos
La Evaluación de Riesgos e Impactos del Cambio Climático en España (ERICC-2025), presentada por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (Miteco), revela que España se enfrenta a 141 riesgos climáticos diferentes que ya afectan a la salud, la economía y la biodiversidad. De ellos, 51 se consideran “clave” por su severidad o inminencia y 17 presentan baja reversibilidad, lo que implica que podrían generar daños permanentes si no se actúa con rapidez. Estos riesgos abarcan desde olas de calor más frecuentes y dañinas, sequías severas, lluvias torrenciales e inundaciones repentinas, hasta la expansión de climas áridos, la salinización de acuíferos y la pérdida de biodiversidad.
César Azorín explica que los impactos climáticos son el resultado de múltiples factores que se superponen. Desde el punto de vista científico, el calentamiento global modifica la circulación atmosférica, favoreciendo situaciones más persistentes de altas presiones sobre la Península Ibérica y, en determinados momentos, el descuelgue de depresiones aisladas en niveles altos (DANA). Sin embargo, matiza que no todos los episodios extremos pueden atribuirse directamente al cambio climático y advierte contra interpretaciones simplistas: la atmósfera es un sistema complejo y caótico, y no todas las variaciones responden a una única causa
Más allá de la intensidad de los fenómenos, Javier Martín-Vide introduce un matiz esencial: el riesgo climático no depende únicamente del peligro natural, sino también de la vulnerabilidad social y de la exposición del territorio. Desde esta perspectiva, muchos de los impactos recientes no se explican solo por la excepcionalidad de los episodios, sino por décadas de planificación territorial deficiente y por una cultura del riesgo todavía limitada.
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Calor, incendios y salud pública
El verano de 2025 fue un ejemplo palpable de los riesgos que alerta el ERICC. Las olas de calor prolongadas, las temperaturas extremas y la vegetación seca dieron lugar a temporadas de incendios forestales sin precedentes, especialmente en el noroeste peninsular. Un estudio liderado por la Universidad de Murcia encontró que en agosto se concentró más de la mitad de la superficie quemada en Europa, con alrededor de 540.000 hectáreas afectadas, evidenciando condiciones meteorológicas extremas que elevaron el peligro de incendios a niveles no vistos desde la década de 1980.
La salud pública también pagó un precio elevado. Las olas de calor de 2025 se asociaron con cifras récord de estrés térmico, con miles de casos graves y aumentos en la mortalidad vinculada al calor. Los servicios de urgencias de numerosos hospitales registraron incrementos significativos de consultas por deshidratación, golpes de calor y complicaciones cardiovasculares y respiratorias.
Para Martín-Vide, estos impactos ponen de manifiesto una carencia estructural: la falta de una cultura sólida del riesgo y de la autoprotección. Aunque tras cada tragedia se producen aprendizajes puntuales, el climatólogo advierte de que la reacción sigue siendo demasiado reactiva. “A golpe de tragedia sabemos hoy que en caso de inundación no hay que acudir al parking a rescatar el vehículo privado. Aún vemos conciudadanos al borde de un acantilado o en una playa cerrados por un temporal marino. No se hacen simulacros entre la población civil ante determinados riesgos, como las precipitaciones torrenciales. Es una asignatura básica que debería darse en la escuela”, señala.
En el plano económico, César Azorín señala un fenómeno que a menudo pasa desapercibido pero cuyas consecuencias son muy importantes: incluso en zonas donde llueve más o menos lo mismo de siempre, el aumento de las temperaturas hace que el agua se evapore más rápido tanto del suelo como de las plantas. Esto significa que, aunque las lluvias no hayan disminuido, hay menos agua disponible en la tierra. Para la agricultura y los ecosistemas naturales, esta es una presión añadida que tiene un gran impacto, ya que obliga a repensar cómo gestionamos el agua y plantea retos directos para la producción de alimentos.
“Nunca antes en la historia del planeta se había inyectado CO₂ a la atmósfera a esta velocidad”, César Azorín, director del laboratorio Climatoc-Lab del CSIC.
De la investigación a la acción
Más allá de describir los cambios del clima, cada vez es más evidente que la ciencia debe traducirse en acciones concretas. César Azorín explica que una parte creciente del trabajo del CSIC se centra en los llamados servicios climáticos: herramientas y plataformas que convierten los datos científicos en información práctica para sectores como la agricultura, la energía, la gestión del agua o la protección civil. En este marco, la Plataforma Temática Interdisciplinar de Clima (PTI-Clima), por ejemplo, reúne a varios centros del CSIC y colabora con la Agencia Estatal de Meteorología en la Plataforma Estatal de Servicios Climáticos, diseñada para ofrecer acceso a datos observacionales, proyecciones y herramientas adaptadas a necesidades concretas de cada sector.
Azorín subraya que este enfoque responde a una demanda creciente de la sociedad y de las administraciones por entender cómo afectan los cambios climáticos a actividades específicas y anticipar riesgos con mayor precisión. Entre los proyectos de Climatoc-Lab destaca, por ejemplo, el Meteo-Drón, un dron meteorológico equipado con instrumentos para obtener perfiles continuos de la atmósfera. Este tipo de tecnología permite mejorar la calidad de las observaciones y, por tanto, la fiabilidad de las predicciones meteorológicas. Para Azorín, la clave está en combinar modelos avanzados, supercomputación y, sobre todo, datos empíricos de alta calidad, de modo que la ciencia no quede solo en el ámbito académico, sino que sirva de forma tangible a la planificación, la prevención y la adaptación frente a los riesgos climáticos.
Las proyecciones indican que si se mantienen las actuales tasas de emisiones, es muy probable que sigan las olas de calor más frecuentes e intensas. El reto no es solo entender mejor el cambio climático, sino integrar ese conocimiento en políticas y decisiones coherentes que reduzcan riesgos y fortalezcan la capacidad de adaptación en los próximos años.
