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Foto: Estación de Esquí de Sierra Nevada (Granada).
Más allá del blanco: el reto de la sostenibilidad en el turismo de nieve
Durante décadas, el cambio climático ha ido alterando profundamente los paisajes nevados y, con ellos, la industria del esquí. Las temperaturas más altas y la variabilidad creciente de las nevadas han reducido la fiabilidad de las temporadas invernales en numerosas estaciones de montaña. Según el IPCC (el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático), en las cotas bajas europeas la temporada de esquí se ha reducido entre 20 y 30 días en los últimos 50 años, una tendencia que afecta a toda la cadena económica de la nieve: en España, este turismo genera más de 2.000 millones de euros al año y unos 100.000 empleos directos e indirectos.
Aunque las nevadas recientes han devuelto una imagen inusual de abundancia, la industria vive una contradicción constante: inviernos cálidos que se alternan con episodios puntuales de nieve que atraen a miles de visitantes en un solo fin de semana. Este ‘efecto llamada’ provoca saturación en accesos, aparcamientos y servicios, reavivando el debate sobre los límites de capacidad en entornos frágiles. Sierra Nevada o Navacerrada han registrado en las últimas semanas atascos kilométricos y aparcamientos completos a primera hora de la mañana ante la llegada masiva de visitantes esporádicos.
En palabras de Jesús Ibáñez, presidente de la Asociación Turística de Estaciones de Esquí (Atudem) y director de Sierra Nevada, la clave no es batir récords de afluencia, sino evitar que las estaciones se conviertan “en una playa mal gestionada en agosto”, previniendo la saturación y el deterioro de estos espacios. “Las estaciones se ubican en espacios rurales y naturales –a menudo protegidos– con una capacidad limitada, y esa capacidad finita exige gestionar cuidadosamente los flujos de visitantes para evitar aglomeraciones que perjudiquen la experiencia y el entorno”.
Un sector vulnerable
Incluso cuando nieva, la industria sigue siendo vulnerable. La reducción estructural del manto nival en gran parte de Europa –en los Alpes, la cubierta nival se ha reducido un 5,6% por década desde los años 70, a lo que se suma una disminución de más del 8% en la profundidad de la nieve– obliga a las estaciones a depender cada vez más de la nieve artificial, una solución que ha permitido salvar temporadas pero que acarrea altos costes económicos y ambientales. Producir nieve para un kilómetro de pista requiere grandes cantidades de agua y energía, lo que ha contribuido al aumento del precio de los forfaits en Europa en cerca de un 35% en la última década.
En España, más del 60% de la superficie esquiable cuenta ya con sistemas de innivación, aunque su eficacia disminuye cuando las temperaturas son demasiado altas o la humedad es elevada. Esta dependencia tecnológica, lejos de ser una garantía, subraya la fragilidad del modelo actual.
Los científicos coinciden en que, de no frenarse el calentamiento global, muchas regiones tradicionales de esquí perderán su manto blanco. Un estudio publicado en la revista Nature Climate Change en 2023 analizó 2.234 estaciones de esquí en Europa y concluyó que el 53% de ellas no tendrán nieve suficiente con solo +2 °C de calentamiento –escenario cercano al límite del Acuerdo de París–. En los Pirineos, casi nueve de cada diez estaciones (el 89%) serían inviables bajo ese escenario de +2 °C debido a la falta de nieve.
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Impacto en los ecosistemas de montaña
El desarrollo del turismo de nieve implica también un coste ecológico significativo. La construcción de pistas y remontes modifica paisajes y hábitats; la nieve artificial altera la composición vegetal y retrasa la fusión primaveral; y la afluencia masiva de visitantes añade presión a ecosistemas ya afectados por el calentamiento global.
Los estudios ecológicos alertan de que la nieve producida con cañones, más densa y rica en agua, actúa como un fertilizante involuntario que modifica el equilibrio natural de las laderas.
A esto se suma la huella hídrica y energética. Para cubrir apenas una hectárea de pista con 30 cm de nieve artificial se necesitan, según la organización medioambiental WWF, al menos mil metros cúbicos de agua (un millón de litros). Dicho de otra manera, innivar una superficie de esquí equivalente a un campo de fútbol requiere unos 4.000 m³ de agua por temporada, más del doble de lo que consumiría cultivar esa misma área con maíz.
Solo en los Pirineos españoles, la nieve artificial ya consume más de cuatro hectómetros cúbicos de agua cada invierno, el equivalente a 1.600 piscinas olímpicas. Esta agua suele provenir de ríos de montaña o de embalses artificiales construidos ex profeso para las estaciones. Toda esa agua se extrae de un entorno que ya de por sí sufre la reducción de precipitaciones y la falta de nieve natural por el cambio climático, lo que puede generar conflictos entre la estación de esquí y las comunidades locales río abajo.
En cuanto a la huella energética, los sistemas de nieve artificial funcionan con potentes compresores, bombas y cañones que consumen electricidad continuamente especialmente durante los periodos de gran afluencia. Una estación típica despliega cada noche máquinas pisapistas (quitanieves con oruga) que funcionan con diésel y gastan alrededor de 20 litros por hora. Sumando todos los equipos, las estaciones de esquí son grandes consumidoras de energía, a menudo de origen fósil. Para innivar artificialmente todo el arco alpino durante una temporada harían falta unos 600 GWh (gigavatios hora) de electricidad –el equivalente al consumo anual de 130.000 hogares medios europeos–, con la consiguiente emisión de gases de efecto invernadero si esa energía proviene de combustibles fósiles.
Según estimaciones del sector, producir nieve artificial para una pista de tamaño medio consume tanta energía como la que usan 1.500 habitantes en un mes. Y conforme suben las temperaturas, la eficiencia de los innivadores baja y se requiere bombear más agua y más electricidad para cubrir la misma superficie esquiable.
A la masificación turística y su impacto medioambiental se añade la creciente dependencia de las estaciones de la nieve artificial, lo que acarrea un alto coste ecológico. En la imagen innivadores de nieve en Baqueira Beret (Lérida).
Turismo masificado en espacios frágiles
Los impactos ambientales del esquí no terminan en las pistas: también tienen que ver con la presión turística asociada. Las estaciones se ubican en pequeños valles de alta montaña, donde las infraestructuras –carreteras, saneamiento, gestión de residuos– sufren un estrés considerable durante los fines de semana de nieve abundante. Miles de vehículos subiendo a la vez generan emisiones, ruido y molestias para la fauna y la población local. Además, la urbanización asociada al turismo invernal ha modificado paisajes en zonas de alto valor ecológico, como los Pirineos o Sierra Nevada.
Ante a esta realidad, surge una pregunta inevitable: ¿cómo garantizar la viabilidad del turismo de nieve sin comprometer el entorno del que depende?
Adaptarse o desaparecer: hacia un modelo más responsble
El sector trabaja ya en una transformación profunda apostando por un modelo más sostenible y resiliente, capaz de seguir ofreciendo disfrute a los aficionados, pero en armonía con la naturaleza y la nueva realidad climática.
Esta transformación se basa en tres ejes: innovación tecnológica, gestión eficiente y diversificación turística.
– Innovación energética y reducción de la huella de carbono. Muchas estaciones de esquí están invirtiendo en energías renovables y eficiencia energética. Países como Francia han implantado planes colectivos para alcanzar la neutralidad de carbono en sus estaciones en 2037, incluyendo el desmantelamiento de remontes en desuso y la renaturalización de zonas abandonadas. En Estados Unidos, operadores como Vail Resorts o Big Sky avanzan en el uso de renovables, eficiencia energética y optimización del tránsito de máquinas para reducir emisiones.
– Mejor gestión de la nieve artificial. La industria de la nieve también está incorporando avances para hacer más eficiente y ‘verde’ la producción de nieve cuando es necesaria. En los Dolomitas italianos, se están renovado las máquinas snowguns para que produzcan la misma cantidad de nieve, pero con menos de la mitad de agua y electricidad. Las estaciones también están inviertiendo en sistemas de almacenamiento de frío (fabricando nieve en noches muy frías para guardarla bajo lonas aislantes) y en aditivos inocuos que permitan generar nieve por encima de 0 °C.
– Diversificación y desestacionalización. En lugar de apostar todo a un invierno cada vez más corto, muchos destinos están ampliando su oferta y potenciando actividades de naturaleza todo el año. Cataluña promueve su marca “Pirineu365” para promocionar sus estaciones de esquí como destinos de ocio 365 días al año; Sierra Nevada utiliza sus remontes en verano para eventos deportivos y culturales al aire libre, como carreras de montaña o ciclismo, y festivales de música y astronomía; estaciones de Francia o Suiza apuestan por el ciclismo de montaña, el senderismo o el turismo regenerativo. Estas estrategias son de gran ayuda para reducir la presión ambiental: 100.000 turistas distribuidos en varios meses y en distintas actividades causan menos carga que la misma cifra concentrada en tres semanas de invierno enfocadas solo al esquí.
– Planificación territorial y ‘decrecimiento’ selectivo. Algunas regiones europeas han decidido cerrar estaciones no viables para reconvertirlas en parques de naturaleza, miradores o centros de esquí nórdico o con raquetas que requieren menos nieve. También crecen iniciativas de movilidad sostenible, como descuentos para quienes comparten coche o viajan en transporte público, y campañas como las impulsadas por Protect Our Winters para concienciar sobre la huella de los desplazamientos.
El sector trabaja ya en una transformación profunda apostando por un modelo más sostenible y resiliente, basado en tres ejes: innovación tecnológica, gestión eficiente y diversificación turística.
Sin duda, el turismo de nieve se enfrenta a numerosos retos, pero estos también vienen acompañados de oportunidades de transformación.
La clave estará en adaptarse con inteligencia y responsabilidad y reimaginar el modelo turístico de montaña incluyendo la diversificación de actividades, la desestacionalización de los ingresos y la apuesta por un equilibrio entre el uso de los espacios por el ser humano y la protección de la naturaleza.
A esto hay que sumar la importancia de la innovación en la gestión y el cambio de mentalidad, entendiendo que la nieve es un recurso cada vez más valioso y que disfrutar de ella conlleva una responsabilidad, y aprendiendo a hacerlo de manera compatible con los límites del planeta. Esta búsqueda ya ha comenzado y aunque el camino no está exento de dificultades, el sector ya está demostrando que es posible reinventar el turismo de nieve en pro de la sostenibilidad.

