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Cómo preparar nuestras ciudades y pueblos frente a futuras danas
Según el World Weather Attribution (WWA), grupo internacional de científicos, el cambio climático causó que las lluvias de la dana fueran un 12% más intensas y aproximadamente el doble de probables. Parecidas conclusiones obtuvo el equipo de ClimaMeter, proyecto financiado por la UE y el Centro Nacional de Investigación Científica francés (CNRS), que aseguró que “depresiones similares a la dana que causan inundaciones en el sureste de España presentan una humedad de hasta 7 mm/día (un incremento de hasta el 15%) más alta en la costa mediterránea española en el presente que en el pasado”.
Además, según señalan desde ClimaMeter, “las condiciones son hasta 3 °C más cálidas en el presente en comparación con el pasado, lo que favorece la formación de tormentas eléctricas en la cuenca mediterránea durante los eventos de dana”. En conclusión, “interpretamos esta dana como un evento impulsado por condiciones meteorológicas muy excepcionales, cuyas características pueden atribuirse principalmente al cambio climático antropogénico”.
Todo ello significa que debemos ser conscientes de que los fenómenos que antes eran excepcionales van a ser cada vez más habituales e intensos. Así lo corrobora también el prolongado tren de borrascas que hemos padecido durante prácticamente todo el mes de marzo, y que ha dejado a su paso capítulos muy destacados de potentes lluvias, inundaciones, cortes de carreteras, destrucciones de bienes inmuebles y lamentables pérdidas de vidas humanas.
“El impacto del cambio climático está afectando a las ciudades, favoreciendo la aparición de fenómenos como sequías o inundaciones, lo que supone un gran reto a la hora de gestionar el agua. Parte de la ciudadanía se está viendo afectada por esta tendencia, que además se prevé que va a continuar así hasta finales de siglo”, asegura Almudena Barona, líder de Agua de Arup —firma global dedicada al desarrollo sostenible— en España.
Planificación territorial
“Lo que necesita la Comunidad Valenciana y, en general, nuestro país, de cara a afrontar con garantías estos nuevos riesgos asociados al cambio climático, es una planificación a escala amplia, una planificación que debe hacerse principalmente a nivel autonómico, porque son las autonomías las que tienen las competencias en temas territoriales”. De este modo se manifiesta Iñaki Romero, arquitecto urbanista y socio de Paisaje Transversal, oficina de planificación urbana integral con centros en Madrid, Donostia-San Sebastián, Barcelona y, precisamente, Valencia, donde trabaja Romero.
El arquitecto destaca que, casi medio año después de la dana, la reconstrucción está avanzando a buen ritmo, sobre todo en el caso de las infraestructuras. El Gobierno central ha inyectado un total de 1.745 millones de euros a los ayuntamientos para financiar las diferentes obras. “Muchas de estas infraestructuras, como pueden ser carreteras y canales, se han recuperado bastante rápido”. Las ciudades también van recuperando, poco a poco, cierta normalidad. “Por ejemplo, las calles están liberadas de barro en todas partes, con lo cual ya son circulables tanto en coche como a pie”.
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Una de las principales dificultades en estos trabajos de reconstrucción, y también ante posibles inundaciones futuras, es que buena parte de los pueblos más afectados se encuentran en una zona urbanísticamente vulnerable. “Los pueblos más arriba de la cabecera de l’Horta Sud, como Paiporta, Picaña o Torrent, tienen una configuración urbana muy complicada. Son pueblos muy grandes, muy densos, muy cerca unos de otros y en un entorno natural complejo”.
Tras la dana se ha puesto mucho el foco en el error de base que supone la construcción de edificios y viviendas en zonas inundables, cuestión que Romero comparte como principio fundamental. Si bien el arquitecto advierte de que el “riesgo cero” de inundación no siempre puede garantizarse en el caso del territorio valenciano.
“Gran parte de la población valenciana vive en la llanura aluvial de los ríos que desembocan en el mar, son espacios que no existían y que los sedimentos de los ríos han ido generando. Por tanto, son naturalmente llanuras de inundación. Y la solución no es, por tanto, mover a tantísima gente de allí, porque además estamos hablando de que es el lugar más fértil, llano y fácil de comunicar”.
Gestionar una situación tan compleja requiere partir de una hoja de ruta ajustada a las circunstancias. Este documento guía es para Romero el Plan de Acción Territorial sobre prevención de Riesgos de Inundaciones de la Comunidad Valenciana (Patricova), para el que pide una actualización después de la última revisión de hace una década.
“Necesitamos un Patricova actualizado a los valores del cambio climático”, insiste el arquitecto, que pone un ejemplo muy claro: “El barranco del Poyo superó en cuatro veces, según la Universitat Politècnica de València, el caudal del periodo de retorno de 500 años. Esto quiere decir que tuvo un caudal que ocurre una vez cada 2.000 años. Es algo de proporciones bíblicas. Son situaciones extraordinarias y necesitamos un plan acorde”.

Entre las actuaciones que deberían figurar en este nuevo plan, Romero recomienda la construcción de “pequeñas zonas de retención de agua, aguas arriba, en todos los cauces, que se activen en caso de fuertes tormentas. De modo que, cuando venga una dana, parte del agua acabe desplazándose y guardándose en estos pequeños embalses, evitando así el riesgo de desbordamiento”.
Romero también considera fundamental intervenir sobre los ríos. “Cuando el cauce de los ríos carece de vegetación, el agua adquiere más velocidad. Por eso hay que generar vegetación para que retenga la velocidad y para que absorba, porque la vegetación ayuda a que el agua sea infiltrada”.
También es posible crear cauces falsos. “Sería un cauce que no se usa habitualmente pero que, en caso de inundación, me permita la opción de abrirlo para que el agua invada una zona que no me importa que sea invadida”.
Otra alternativa pasaría por ampliar el tamaño de los cauces, principalmente de los ríos que acceden a la Albufera. “Sería interesante convertir esos lugares en corredores naturales donde la gente pueda pasear y para que sean espacios de mayor tamaño en los que, en caso de grandes avenidas, el agua tenga mayor capacidad para moverse”, recomienda Romero.
El arquitecto también propone reducir la presencia del asfaltado. “Es muy importante que le demos más superficie permeable a nuestro entorno. Por el simple hecho de no mancharnos los pies, hemos llenado todo de asfalto. Pero cada plancha de asfalto es una superficie donde el agua no puede retenerse ni volver al subsuelo”. En caso de lluvias torrenciales, estos suelos de hormigón impermeable son el mejor escenario para la formación de las peligrosas riadas, avisa Romero.
Generar vegetación en los ríos y zonas de retención de agua son algunas posibles medidas preventivas frente al riesgo de inundaciones. Otras alternativas serían crear cauces falsos o ampliar el tamaño de los ya existentes.
Zonas verdes
La naturaleza es, según estos testimonios, una aliada de primer orden frente a eventuales inundaciones. Además de ayudarnos a paliar otros efectos del cambio climático, como es el aumento de las temperaturas.
“La vegetación regula la temperatura y la humedad ambiental, dando esa sensación de frescor cuando entramos en un parque ubicado en un lugar con clima muy cálido. Además, en aquellos lugares con lluvias torrenciales, las zonas verdes ayudan a la filtración del agua y a la gestión de escorrentías e inundaciones”, corrobora Sandra Magro, socia fundadora y consultora senior de Creando Redes, empresa de consultoría estratégica especializada en la gestión de la biodiversidad.
Cada vez más ciudades están implementando estrategias que pasan por la renaturalización y el incremento de la llamada infraestructura verde. Dichas medidas deben apoyarse, añade Magro, en modelos de gestión “que combinen los objetivos a corto y medio plazo que persiguen las Administraciones y las empresas”.
«Estos modelos de gestión colaborativos ofrecen diversas ventajas: crean sinergias y recursos compartidos; garantizan la accesibilidad de la población a los espacios naturalizados; generan confianza y cohesión social y, además, facilitan la toma de decisiones sobre los activos naturales, que es compleja”, añade la fundadora de Creando Redes.
Sostenibilidad, inclusión y seguridad
La construcción es otro de los sectores que debemos repensar con el objetivo de crear entornos más adaptados a la nueva realidad climática. Para Juan Cortés, responsable de Sostenibilidad y Cambio Climático de Arup en España, el punto de partida es “primar la reutilización de edificios existentes y la rehabilitación energética, antes de promover nueva construcción”.
Cuando no quede otra opción que construir, lo más recomendable es reducir al mínimo el impacto ambiental a través de diferentes medidas, como son trabajar con materiales de baja huella de carbono, apostar por fuentes de energías renovables y optimizar la eficiencia energética de los edificios.
Por otro lado, para mejorar la resiliencia de las edificaciones, Cortés aboga por “elevar la cota de construcción sobre el nivel de inundación estimado e integrar sistemas de drenaje urbano sostenible, como pavimentos permeables y estanques de retención”.
Cada vez más ciudades están implementando estrategias que pasan por la renaturalización y el incremento de la infraestructura verde.
Según el experto, “el uso de materiales resistentes al agua y de pavimentos porosos en áreas críticas minimiza los daños estructurales ante riesgos como inundaciones por lluvias copiosas”. Finalmente, “el hecho de contar con planes de evacuación eficientes y sensores de monitoreo temprano, que hoy en día ya podemos llevar a cabo de una forma más sencilla y digitalizada, permite una respuesta rápida ante eventos extremos”.
Otra de las cuestiones que se está estudiando es la función de las plantas bajas, que siempre son especialmente vulnerables en caso de inundaciones. “Una opción sería que no hubiera viviendas en la planta baja, sino únicamente usos secundarios”, comenta Romero, de Paisaje Transversal.
También existe la opción de garantizar que las personas que vivan en la planta baja tengan siempre una vía de escape, por medio de una escalera u otras soluciones similares, para poder subir al primer piso en caso de inundación.
Para el arquitecto, la discusión sobre las plantas bajas no deja de ser una derivada del problema del acceso a la vivienda. “De hecho, muchas de esas viviendas en plantas baja están ocupadas por población que no puede permitirse otro tipo de vivienda. Si no hay políticas de vivienda que ayuden a que la gente con menor capacidad pueda acceder a viviendas en mejores condiciones, al final muchas personas acabarán por habitar esos lugares que son más peligrosos”, concluye Romero.